Nora era una
mujer muy trabajadora, alegre y amigable cuyo hermano se llamaba Lucio. Ellos se llevaban muy bien de
pequeños y
solían hacían locuras
juntos, aunque, a veces, se
peleaban. Su hermano nunca tuvo
amigos, ni de chico
ni de grande; y, un día, decidió aislarse en la
casa de su abuela, porque por desgracia ella había
fallecido y él se sentía muy deprimido. Lo único que hacía era pintar un cuadro. Por esa razón la familia contrató a Ana para que lo
cuide porque no podía estar solo. Nora y Lucio
no se veían mucho, ya que Nora trabajaba de guía turística y viajaba seguido, por lo que
solo lo visitaba unas pocas semanas al año. En una de estas exiguas visitas, le dijo a su hermana que se iba
a ir de viaje, aunque no habló mucho del tema.
Nora estaba en su oficina de trabajo cuando Ana, quien cuidaba a
Lucio, la llamó desesperada diciendo que no lo encontraba. Inmediatamente, Nora
salió corriendo a la casa de Lucio. Al llegar, no encontraron nada que pudiera decir adónde se había
ido o qué le había pasado. Lo único que
vieron fue el cuadro al que Lucio siempre le cambiaba algo. Nora se dio
cuenta de que la pintura estaba cambiando
nuevamente y ahí supo adónde había ido Lucio en ese viaje repentino.
Nora afirmaba que Lucio, en las últimas semanas antes de su desaparición, estuvo raro,
como estresado y apurado, pero no supo por qué. Luego de
varias semanas después de la desaparición, no se supo nada y ella y su familia todavía no lograban
acostumbrarse. Nora buscaba más pistas para ver donde pudo haber ido, pero
no encontró nada y fue tanto el dolor de que no estuviese su
hermano que decidieron vender la casa.
Meses después a Nora le llegó una nota que decía:
En mi pintura
con la nota sobrepuesta encontrarás la respuesta.
Nora se sorprendió al creer que Lucio podría
haberla contactado y quiso ir a la casa, pero el problema era que la casa ya no les
pertenecía, por lo que el cuadro, tampoco.
Nora decidió decirles a los nuevos dueños de la casa que
necesitaba esa pintura, pero ellos le dijeron que no, que a ellos les gustaba y que no
deseaban desprenderse de ella. Al día siguiente, Nora volvió a la casa, pero
esta vez no estaba con las manos vacías. Fue con un hermoso cuadro pintado a mano, muy
sofisticado. Los dueños la recibieron muy bien y le dijeron de
hacer un trato: ellos le cambiaban la pintura de Lucio por el cuadro que ella traía.
Una vez hecho el trato, Nora volvió a su casa y puso la nota sobre el cuadro, tal como decía allí, pero
no ocurrió nada ni tampoco vio nada. Entonces, decidió dar vuelta el cuadro para ver si había algo y
vio que tenía algo parecido a letras, pero sin terminar, decidió apoyar la nota allí, al apoyarla se formó una frase que
decía:
En mi pintura
estoy, para entrar solo tienes que saludar.
Nora le dijo al cuadro “Hola”, pero no
pasó nada hasta que recordó un saludo que tenía con Lucio y empezó a hacerlo. Al terminar
el saludo la casa empezó a temblar muy fuerte y todo se empezaba a ver más grande, pero
en realidad era porque ella se estaba haciendo más pequeña mientras
entraba en la pintura. El cuadro
empezó a brillar y se abrieron unas puertas, y dentro
estaba Lucio. Nora no lo podía creer. ¡Estaba viendo
a su hermano de nuevo!
Los padres de Nora y Lucio estaban muy preocupados, al igual que Ana, ya que habían pasado varios días y Nora no se había comunicado. Nora no
tuvo más remedio que volver al “mundo real” y le preguntó a Lucio la manera de salir de
la pintura y le dijo que, para salir, necesitaba decir el saludo al
revés. Entonces, todo se hacía cada vez más pequeño, ya que
ella estaba agrandándose, y Lucio le dijo a que podía visitarlo cuando ella quisiera porque él se
iba a quedar allí.
Por Sofía Aliotta Suarez
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