lunes, 10 de agosto de 2020

El blog de Nora

Recuerdo que, a Lucio, cuando era pequeño, le gustaban los juegos de riesgo, a veces demasiado. Por eso, nuestros amigos nunca querían unirse a los juegos que proponía mi hermano. Aun así, cuando esto sucedía, yo jugaba con él.  

Igualmente, él siempre fue una buena persona, gentil y sorprendentemente sociable a pesar de sus locuras. Éramos muy unidos. Pero, un día, él tuvo un horrible accidente que lo dejó en silla de ruedas. Nunca supimos a qué se debió la caída. Lo único que sabemos es que cayó desde la palmera más alta del jardín. Dijo que había ido para dibujar y que se resbaló y cayó. De alguna manera sobrevivió. Pero, ¿a qué costo? 

Luego de este horrible accidente, Lucio dijo que no quería volver a ver la casa en su vida. Les pidió a mis padres que nos mudáramos, pero ellos se negaron. Así que Lucio se mudó con nuestra abuela, dejó la escuela y se dedicó a pasar todo el día encerrado en su cuarto pintando. Nadie entraba y nadie salía de esa casa, salvo Ana, la mujer que lo cuidaba, lo más cercano que tuvo a un amigo luego de lo ocurrido.  

Yo, por otro lado, vivía mi vida. Estuve en pareja, terminé la escuela y más adelante, conseguí trabajo en una ciudad cercana y me mudé. La vida al fin era tranquila para mí, pero nunca pude dejar de pensar en Lucio, en cómo había sufrido, cómo cambió desde su accidente. Al menos yo tuve suerte y pude verlo un par de veces, pero fueron momentos muy incómodos de silencio.  

Por otra parte, mis padres nunca más vieron a su hijo. Nunca intentaron visitarlo, no preguntaban cómo estaba. Esa fue una de las razones por las que dejé de relacionarme con ellos. 

Un día la abuela murió. Toda la familia asistió al funeral de la pobre vieja, excepto Lucio. 

La abuela siempre fue buena con Lucio.  Se notaba que prefería a mi hermano antes que a mí. Lo quería mucho, por eso lo apoyó con su idea de mudarse. Ella lo entendía, aunque nosotros no. 

En cuanto a mi relación con ella... Nunca me quiso. Además, era la madre de mi padre, hombre con el que tuve muchos problemas, él tampoco me quiso. Como si fuera poco, mi pobre madre que siempre me amó, nunca tuvo derecho de opinar, elegir algo o contradecirlo. 

Nunca tuve una vida feliz, a decir verdad, estuvo llena de desgracias. Pero el peor día de mi vida fue cuando me avisaron que mi hermano había desaparecido. 

Estaba trabajando. Era muy temprano cuando Ana me llamó para contarme sobre el suceso. Se me vino el mundo abajo. Sin dar explicaciones, me fui corriendo del trabajo, me subí al auto y llegué en menos de 20 minutos.  

Cuando entré a la casa, Ana estaba llorando en la puerta, lo cual me sorprendió mucho. Había un aterrador silencio. Ahora, además de estar preocupada, estaba asustada. Se me paró el corazón. Mi hermano no estaba. En su cuarto sólo estaban sus cosas y un cuadro extraño. 

Ahora, contaré algo que nadie más sabe: le dije a Ana que busque ayuda, y en el momento en el que ella no estaba, aproveché a llevarme algunas cosas de Lucio. 

A medida que pasaban los años me iba llevando parte de sus cosas. Le hice creer a todos, que simplemente desaparecieron. Incluso le dije eso a la policía cuando me entrevistaron. 

Aún estoy buscando a mi hermano. Aunque a veces me parece verlo en ese cuadro extraño que tenía y obviamente me quedé. En él, un muchacho que me recuerda a Lucio, se asoma desde una ventana como si me llamara... Pero deben ser ilusiones por lo mal que he estado. 

 

Por Juan Bautista Posadas


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