Me llamo Nora y tengo cincuenta años. Vivo en el campo, en una casa muy
especial para mí, la casa en la que vivieron mis padres después de casarse. Luego de que falleció mi
madre, mi
padre se mudó a la
ciudad. Yo siempre quise vivir en esta casa; el jardín, la cocina,
me traen muy lindos recuerdos y sería una pena venderla o abandonarla. Por eso me
la quedé y soy
muy feliz viviendo aquí.
Una mañana, yo estaba muy tranquila desayunando en casa cuando, de
repente, sonó el teléfono. Era Ana. Estaba muy nerviosa y me pidió que fuera hasta
la casa de la abuela. Dejé el desayuno y todo lo que estaba haciendo, me subí al
auto y traté de llegar los más rápido posible. No estaba
cerca, se me hizo eterno el viaje.
Por fin llegue. Me estaba esperando Ana en la puerta y me dijo que
Lucio había desaparecido. Lo buscamos por toda la casa y no
encontramos rastros de él. Estaba desesperada, entre a su cuarto para ver si había algo
que me ayude a encontrarlo.
Él era
pintor. Un excelente artista. Sin saber que hacer me senté en su
silla favorita y comencé a llorar desconsoladamente. Él era un
chico discapacitado, ¿a dónde iba a ir solo?
Comencé a mirar su cuarto: todas
sus cosas estaban intactas, sus pinturas, sus pinceles, sus cuadros, su ropa y hasta
sus muletas. Todo era muy extraño. Cada vez estaba más angustiada. Recordé que, semanas
atrás, él estaba
muy cambiado. Habíamos tenido una charla. Lucio me preocupaba mucho. Quería ayudarlo, pero no sabía cómo. Le ofrecí irse a
casa unos días, irnos de viaje a la playa o al campo a cambiar de aire, pero fue
imposible. Lo que más me preocupaba era su cambio de personalidad. Estaba muy
metido para adentro, ya casi no interactuaba. El último tiempo lo pasaba obsesionado con un cuadro de una casa; si no lo estaba
modificando, lo miraba por horas. Día y noche, sin darse cuenta que las horas pasaban.
Nada se me ocurría. Ana tampoco colaboraba (solo aportaba lo mismo que yo: que Lucio estaba cambiado, que no era el mismo, que
era como un fantasma).
Llamé a la policía. Los esperaba en su silla frente al cuadro, y ahí lo
vi. Lucio
estaba dentro de su cuadro. Cuando llegó la policía, no me creyeron. No hice la denuncia, porque yo ya sabía dónde estaba Lucio. Él se había ido a otro mundo, y se había estado
preparando para eso. Con mucho dolor, pero a la vez tranquila, agarré su cuadro y me lo llevé a casa.
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