Era un fin de semana como cualquier otro. Estaba en el patio regando las plantas cuando sonó el timbre. Me acerqué a la puerta y vi a
una persona. Era una señora de cabello gris, con un par de
arrugas en el rostro, esperando ser atendida. La reconocí
al instante, hace una semana atrás en un cumpleaños de amigos
nos habían presentado. Ella estaba preocupada por su hijo. La invité a que pasara,
le preparé un té
y comenzó a contarme el porqué de su visita. El tema era su hijo que había tenido
un accidente, se había resbalado de una palmera, quedando inconsciente y desde ese momento no pudo separarse de sus muletas
para caminar, por eso la necesidad de conseguir una persona que la ayude
con el cuidado de Lucio. Ella consideraba que mi forma de ser una persona tranquila, dulce,
paciente y alegre, era la persona indicada para cuidar de él y le
hiciera compañía las veinticuatro horas del día. Yo, realmente, quería ayudarla, aunque estaba
atrasada con mi trabajo y tenía muchas tareas escolares que corregir. Pero algo se me iba a ocurrir. Le pregunté en qué la
podía ayudar, sin saber que la situación era más complicada de lo
que yo creía. La situación y desesperación de la mama hizo
que aceptara ayudar a la familia, para eso pedí en mi trabajo una licencia por un año.
Así fue como conocí a
Lucio. Cuando me lo
presentaron, me pareció una persona bastante callada: no se
expresaba, era tímido, bastante introvertido y, con
todas estas cualidades, iba a ser muy difícil llegar a una relación amistosa. Al día
siguiente tuve que mudarme a su departamento, el cual tenía 3
habitaciones, 2 baños, uno principal y otro para huéspedes, elegí
la habitación más pequeña y tenía una ventana que daba al patio, además estaba
cerca de la
habitación de Lucio. Yo me levantaba temprano para
hacer las compras de lo que se necesitaba y poder regresar para llevarle el
desayuno, luego ordenar el
departamento, cuando entraba a la habitación de Lucio el no volteaba
la mirada y seguía concentrado en su cuadro
misterioso que yo no entendía, la habitación era oscura, fría, entraba
poca luz y tenía olor a encierro, al no haber dialogo solo me quedaba ordenar y
retirarme luego de terminar con la limpieza, me sentaba
en la cocina, llamaba a los padres de Lucio y les contaba las pocas novedades
de la mañana. Mi vida comenzó a ser tan monótona que solo deseaba tener un
dialogo fluido con Lucio y poder alegrar el día. Una noche, me
levanté a
tomar un vaso de agua y escuché voces que venían del cuarto de Lucio. Me acerqué a la
puerta, pero solo logré escuchar susurros
y no me animé a interrumpir. Al día siguiente, sonó
el timbre. Atendí y vi a la familia de Lucio. Noté que había una chica que no conocía. Le pregunté a su
madre y me dijo que era la hermana de Lucio, Nora. Su familia fue a verlo a la
habitación. Lucio se emocionó y les conto lo que preparaba. Veía que él se
llevaba bastante
bien con su familia y actuaba diferente que
conmigo: se
veía entusiasmado, en simples palabras. También noté que pasaba lo mismo con su hermana mientras hablaban
sobre sus cosas al merendar. Cuando llegó la hora de que la familia se retirara, se notó tristeza en el rostro
de Lucio.
Pero, una mañana
como tantas, él me sorprendió con unos buenos
días al
entrar a la habitación. Su cara era alegre, su mirada, chispeante, y
hasta me pregunto qué opinaba sobre el cuadro. Jamás pensé que
ese momento llegaría—ya que llevaba meses sin comunicarnos. Le dije que su cuadro me
gustaba y no quise preguntar mucho para no perder el poco diálogo que habíamos logrado. Días después, le
pregunte qué significaba para él la pintura y se
quedó callado.
Una mañana me desperté,
decidida a preguntarle más sobre el cuadro. Preparé el
desayuno con entusiasmo—una chocolatada con tostadas—pero,
cuando llegaba a la habitación, noté que no se escuchaba nada. Tuve un mal
presentimiento y sentí que algo no estaba bien, por lo que formulé una
pregunta desde el pasillo, sin abrir la puerta. Esperé y nada pasó. Volví a pregunté y, al no
obtener nuevamente una respuesta, entré. ¡Lucio no estaba! Sentí que mi corazón se comprimía, que me faltaba
el aire, y entré en pánico.
Traté de tranquilizarme. Tomé mi celular y le avisé a sus
padres y a su hermana. Mientras esperaba, mi mente buscaba una
respuesta para esa misteriosa desaparición. Estaba tan confundida que no podía pensar, pero recordaba
ese susurro que había escuchado la noche anterior, y no me quedó otra que pensar que alguien lo
había secuestrado. Cuando la familia llegó, estaban tan sorprendidos y
preocupados como yo y no logramos encontrar rastros en su
habitación que delatara su paradero. Todo
estaba intacto. Después de unas horas, la familia decidió informar
a la policía para que se investigue la desaparición de Lucio y yo
me puse a disposición para lo que necesitaran. Después de
haber compartido y cuidado durante un año y medio a Lucio, siento que ha quedado un vacío e
incertidumbre en mi corazón al no tener aún una explicación de lo sucedido.
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