Mi hermano era un chico muy reservado, aunque le encantaba divertirse
en el patio, pintando, deslizándose por las canaletas, trepando
palmeras o hamacándose.
Una vez se le ocurrió subirse a la palmera más alta del jardín. Había agarrado a la gata, unos lápices y un cuaderno y se
subió a la palmera más alta que había en el patio y se quedó ahí
dibujando por bastante tiempo. Hubo algo que lo hizo resbalar porque lo encontramos
desmayado en el piso. Desde ese día utilizó muletas por el resto de su
vida. Luego de dos o tres años, decidió encerrarse en la casa de mi abuela, ya que
no estaba conforme con sus piernas.
Una tarde de mayo, lo quise visitar con unos amigos para ver como andaba. Nos quedamos
charlando sobre una reproducción de Lucas Cranach que yo
le había regalado. Al cumplir los veinte años, su carácter no había
cambiado. Siempre fue reservado pero cada
vez más, aunque había algo raro: siempre recibía visitas cubriendo sus piernas.
Cuando cumplió 28, uno de los pocos amigos que tenía le regaló un viejo
llamador. Más tarde casi a la noche me contó
algo sobre una vieja y estrecha casa. Observando sus características, empezó un cuadro que hizo
cambiar mucho su personalidad. El mismo tuvo éxito y, luego de un tiempo, lo
llamaron para pintar en una galería del centro.
Había adelgazado mucho, ya casi no tenía amigos y
solo se trataba conmigo (de vez en cuando), con mi papa, y mi abuela. Seguía
editando su cuadro y se veía cada vez más triste, más oscuro.
Una mañana de abril encontramos a la abuela muerta en su cama, ella era una de
las personas más cercanas a Lucio, y él comenzó a quedarse en soledad con su
cuadro. Le cambió la tela y le dibujó una mano que se asomaba
en el postigo.
A la mañana
siguiente, Ana, la mujer que lo atendía en la casa de mi abuela, le
llevó el almuerzo a su cuarto y encontró a Lucio sentado frente a su cuadro,
como siempre. Yo lo quise llevar al campo para que se despejase un
poco de lo que había pasado con la abuela, pero me dijo: “No, tengo un viaje más importante”. Supuse que
quería visitar otro país o que quería ir a la playa. A la vez, me
parecía raro, porque
al haber estado tanto tiempo adentro de una casa y encima solo, no creí que
se fuera de viaje.
A la mañana siguiente me levanté a prepararme el desayuno y me llamó Ana sumamente asustada, gritando que
Lucio había desaparecido. Apenas escuché lo que me dijo Ana me
dirigí hacia
la casa lo más rápido que pude. Y sí, Lucio no estaba. Lo único que
noté fue que la pieza estaba bastante desordenada.
Llamé a la policía, hablé con vecinos, y hasta revisé el celular de
Lucio. Pero no encontré evidencias de nada. ¡Muy extraño, la
verdad! Luego
de un rato, me cerraron más las cosas. Rememoré lo que
me había dicho Lucio cuando le había preguntado si quería venir al campo conmigo. Tal vez ese
era el viaje del que me había hablado.
Luego de varios meses de este suceso no logro descubrir que fue lo que hizo
que Lucio desapareciera, lo voy a seguir investigando hasta poder
encontrarlo. Mi vida cambió mucho desde que se fue, no tuve nunca mucho trato
con él, pero se siente mucho su ausencia. Cada vez que junto con
algún amigo o algún familiar nos acordamos de él. ¡Otros que no
saben lo que pasó me preguntan si es verdad, como si les estuviera haciendo una
broma! Y yo no sé cómo explicarles que “desapareció”.
Me hubiese gustado despedirme de él si hubiese sabido que iba a
desaparecer de la nada.
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