martes, 4 de agosto de 2020

Jugando a las escondidas con Lucio

Lucio siempre fue mi hermano preferido. Buenoes el único hermano que tengo, así que más vale que lo seaporque, de otro modo, no tendría un hermano preferido. Les cuento algo, nos peleamos muy seguido porque yo soy super tranquila y me gusta estar en mi habitación rodeada de mis libros de cuentos. Soy capaz de estar toda la tarde leyendo. Lucio, en cambiosiempre fue terrible. Nera capaz de quedarse quieto ni un segundo. Cuando mis papas se iban a trabajar, Lucio empezaba con sus “juegos”, por llamarlos de alguna manera. Porque de juegos, para mí, no tenían nada. 

Vivíamos en una casa de dos plantas, con una escalera muy empinada de veinticuatro escalones y un patio enorme, desde el cual se podían ver los techos de las casas vecinas, que eran todos de chapas muy viejas. Lucio le encantaba bajar las escaleras subido a caballito de la baranda, sin pensar ni un minuto en el susto que nos daba a toda la familia, porque de un lado de la baranda estaban los escalones y, del otro, no había nada. Parecía que a él le encantaba ver la cara de susto que poníamos cada vez que se lanzaba por las escaleras. 

Lo que Lucio no sabía es que mi mamá había mandado a poner una puerta antes de llegar a la escalera, que recién la pusieron, y cuando se levante se va a dar cuenta que no va a poder pasar para la escalera si no tiene la llave. Por eso, el señor vino bien temprano a poner la puerta, porque mi mamá le dijo que Lucio, hasta las diez de la mañana, no se levantaba. 

Mi mamá, antes de irse a trabajar, me dijo en secreto donde dejó la llave escondida en caso de que ocurriera alguna urgencia. Yprometí que no le iba a decir nada, así él no podía darse cuenta donde la había dejado. 

Yo estaba leyendo tranquilamente en mi habitación cuando, de repente, escuché un grito de Lucio que me llamaba urgente. Salí corriendo, pensando que le había pasado algo y lo vi agarrado del picaporte de la puerta nueva tirando como un locoMe acerqué y le dije: “¡Lucio! ¿Qué estás haciendo? ¡La vas a romper!”. Y él me contesta: “¡Eso es lo que quiero! ¡Romper la puerta para ir a jugar a la escalera!”.  

En ese punto me reí y le dije que esa puerta estaba preparada para no poder ser derribada por nadie (una mentira que se me ocurrió en el momento) y que mamá la había puesto por seguridad para que no entrase nadie (esta mentira la inventó mi mamá y me dijo que le diga eso a Lucio cuando despertase y se diese cuenta, así no se enojaba). Lucio pareció entender eso, pero no quedó muy conforme. Creo que se dio cuenta de que le estaba mintiendo y puso una cara rara. Entonces me fui a seguir leyendo, convencida de que Lucio se iba a quedar tranquilo. 

Mis papás regresaban al medio día. No faltaba mucho, por lo que no había terminado de leer un libro cuando escuché la puerta que se abría y vque los dos habían llegado. Mi papá se puso a cocinar mientras mi mamá acomodaba la mesa y, a los quince minutos, nos llamaron a comer. 

Me lavé las manos y me senté en la mesa. Mis papas ya estaban esperándonos. Yo estaba contenta por haber llegado primera a la mesa y eso era importante, porque teníamos un tratoel último en llegar, tenía que lavar los platos. Era la primera vez en mucho tiempo que yo llegaba antes que él. Mi papá le dijo a Lucio que no se apure en llegar, porque yo ya estaba sentada y le iba a tocar lavar, pero Lucio no contestó. Todos nos imaginamos que estaría enojado, porque yo ya me había sentado antes o bien por la puerta. 

Como no venía a la mesa, mi mamá lo fue a buscar a su habitación. La puerta estaba cerrada. Entró y grande fue la sorpresa cuando se dio cuenta que Lucio no estaba ahí y que la ventana que da al patio estaba abierta. Llamó a mi papá y, cuando nos acercamos, vimos que Lucio no estaba y pensamos que, seguramente, había salido al patio. El problema era que esa habitación daba a un patio muy pequeño, el cual tenía una pared bajita que daba a los techos de las casas vecinas. 

Mi mamá empezó a gritar, llamándolo mi papá. Se agarraba la cabeza y yo pensaba para : “Otra vez Lucio...”. Nosotros estábamos acostumbrados a que Lucio se tirara por la baranda de la escalera o que se escondiera en su habitación, pero no a que desaparezca. Con mi papá, me subí a los techos de las casas vecinas y lo buscamos, pero no lo podíamos encontrar por ningún lado. De repente, vimos una soga hecha con sábanas que alguien había colgado desde el techo hasta el patio de la casa vecina, la cual estaba cerrada desde hace muchos años.  

Mi papá me dijo: “Tenes que bajar vos, porque no va a aguantar mi peso. Yo me moría de miedo, pero al ver sus caras de preocupados, ni lo pensé y bajé bien agarrada con la ayuda de mi papá (por suerte, mi mamá se había quedado en la casa y no nos podía ver, porque, si no, ni loca me dejaba bajar). Lleg al patio y mi papá, desde arriba, me pid que me fijase si Lucio estaba escondido en algún lugar del patio. Por suerteera bastante chico y no tenía muchos lugares donde buscar y rápidamente me dí cuenta que Lucio no estaba por ninguna parte. Le avise a mi papá y me dijo que me acercase hasta una puerta que daba a nuestra casa. Me acerqué y la puerta, además de estar toda sucia y llena de telarañas, estaba cerrada. Parecía que hacía años que nadie la abría. 

Mi papá no podía entender dónde podía estar Lucio, porque no había lugar donde meterse en ese patio y, además, porque las sábanas que él había usado para bajar eran las que estaban puestas en su cama. Yo me di cuenta de que eran las sábanas de él porque conocía los dibujos que tenían esas sábanas. Mi papá, entonces, me pidió que subiese. Me ayudó estirando la mano y volvimos casa por los techos vecinos. 

Mi mamá estaba muy asustada y mi papá le pedía que se tranquilizase, pero él también estaba muy preocupado. Yo, sinceramente, estaba muy asustada, porque, aunque se portaba mal, lo quería y tenía miedo de que le hubiese pasado algo malo. Mi mamá, entonces, llamó a la policía y pidió que viniesen porque Lucio había desaparecido. A los pocos minutos escuchamos las sirenas y sonó el timbre. Hablaron con mi papá y se treparon a los techos. También vinieron los bomberos, quienes tiraron abajo la puerta del patio vecino. En la casa esa no había nadie ni tampoco señales de que hubiese entrado alguna persona en los últimos añosTodos estaban muy preocupados y no podíamos entender dónde se había metido mi hermano. 

Se hizo de noche y la policía pensó en traer perros para que ayudasen a buscarlo, de modo que pidieron a mi mamá que los dejasen pasar a la habitación para que los perros oliesen la ropa y la cama de Lucio y poder buscar su rastro. Cuando llegaron los perros, mi mamá les puso la ropa que siempre usaba Lucio arriba de su cama para que la olfatearan. Todos mirábamos cómo los perros olían sus cosas hasta que, de repente, miré a uno de esos perros (el que más malo parecía por su cara) y vi que estaba sentado moviendo su cola y mirando el piso al lado de la cama de Lucio. Eso me llamó la atención me agaché para mirar debajo de la cama. ¡Lucio estaba dormido!  

Pegué un grito tan grande que Lucio se despertó de golpe y se golpeó la cabeza con la cama. El perro salió corriendo del sustomi papá me retó (porque no entendía por qué gritaba) y uno de los policías sacó su arma, creyendo que había un ladrón. Lucio asomó la cabeza nos miró asustado. Mi mamá se tiró arriba de él abrazándolo, mi papá lo quería reventar y yo me mataba de risa. 

Lucio contó que, cuando se dio cuenta que no podía tirarse por la baranda de la escalera, le dio tanta rabia que se metió abajo de la cama y, del aburrimiento, se quedó dormido. A nosotros nunca se nos ocurrió mirar ahí abajo, porque, si había algo que Lucio odiaba, era jugar a las escondidas. La policía nos pidió que, la próxima vez, buscásemos mejor. Mi papá estaba rojo de la vergüenza y yo les daba agua a los perros de la policía como agradecimiento por lo que habían hecho. 

Por suerte, todo se trató de un susto y lo bueno es que Lucio, a partir de ese día, nunca más se quiso tirar por la escalera, lo que dejó más tranquilos a mis papás, aunque, lo que ellos todavía no sabían, era que ahora a Lucio le gustaba ir a jugar al patio de vecino me había pedido que no dijera nada. Hicimos otro trato: yo no contaba nada y él se sentaría siempre último en la mesa y lavaría siempre los platos a cambio de que yo mantuviese el secreto. 

 

Por Agusto Duprat

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