Era
una tarde de domingo soleada. Yo estaba en mi escritorio resolviendo unos
asuntos del trabajo y me dolía mucho la cabeza, así que decidí tomarme un
descanso. Me levanté de la silla y me dirigí a la cocina para hacerme un té.
Estaba abriendo la alacena para agarrar una taza, cuando, de repente, sentí una
vibración proveniente del bolsillo de mi campera: era mi teléfono. Al atender,
escuché la voz de una mujer, Ana.
—Nora,
tu hermano no está—dijo entre sollozos.
En
ese momento, se me puso la mente en blanco y solo pude decir una sola cosa:
—¿Cómo
que no está? ¿Desapareció?
—Si,
no está. Lo busqué por toda la casa, pero no lo encuentro por ningún lado.
—Ya
voy para allá.
Corté
el teléfono, busqué las llaves del auto y salí. Como yo vivo en el campo, iba a
tardar mucho tiempo en llegar a la ciudad, pero traté de hacerlo lo más rápido
posible. En el camino, trataba de procesar lo que estaba pasando, pero estaba
tan conmocionada que no podía pensar en nada. Una vez que llegué a la ciudad,
me dirigí a la casa de mi abuela, estacioné el auto en la vereda de enfrente y
toqué timbre. Me atendió Ana. Ella estaba muy angustiada. Ella era una gran
amiga de la familia y quería mucho a mi hermano.
—¿Qué
hacemos? —preguntó ni bien crucé la puerta.
—Primero
quiero revisar la casa. Quiero ver si dejó alguna carta o algo que nos diga por
qué o a dónde se fue.
—¡Pero
mirá si lo secuestraron! Podría estar en cualquier parte.
—Todavía
no pensemos lo peor. Lucio ya venía mal, no era feliz o, por lo menos, estaba
así la última vez que lo vi. No me hablaba.
—¿Estás
diciendo que, para vos, se fue por cuenta propia?
-Sí,
vení. Acompañáme.
Sin
pensarlo dos veces, me dirigí al pasillo donde estaban los cuartos. Caminé hasta
la última puerta, la que estaba cerrada, y me paré frente a ella. Tiré del
picaporte. Lo primero que vi al entrar fue una foto de nosotros dos cuando
éramos chicos. La tenía en su mesita de luz. En ese momento, se me vinieron un
montón de recuerdos y anécdotas. ¡Pensar que éramos tan unidos! Pero, con el
tiempo, nos fuimos distanciando, hasta que yo me fui a vivir al campo. Sin
darme cuenta, me caía una lágrima, y después otra y otra, hasta que rompí en
llanto.
—Es
muy conmovedor todo esto, pero tenemos que seguir buscando para encontrar a tu
hermano lo más rápido posible—dijo Ana.
—Si,
tenés razón. No sirve de nada quedarnos acá paradas.
Nos
secamos las lágrimas y seguimos buscando. Revisamos cada rincón de la
habitación y notamos que estaban todas las pertenencias de Lucio allí: no se
había llevado nada. Por un momento, me distraje mirando los cuadros de mi
hermano. Eran hermosos. ¡El sí que era un chico muy talentoso! De repente, noté
algo extraño en su pintura favorita. Yo ya la había visto millones de veces y
me la sabía de memoria. Por lo general, la casa pintada sobre el lienzo tenía
la ventana del segundo piso abierta y la puerta de entrada, cerrada. Pero,
ahora, estaba la ventana cerrada y la puerta, entreabierta. Me quedé
reflexionando sobre lo que acababa de ver. Creí que solo me lo estaba
imaginado, pero observé el cuadro otra vez y, definitivamente, estaba distinto.
¡No lo podía creer! Estaba muy confundida. Era imposible que un cuadro
cambiara. Luego de pensar y pensar, llegué a una conclusión: hace unas semanas
atrás, yo había ido de visita para contarle a Lucio sobre mi idea de que se
fuera a vivir al campo conmigo, pero me había dicho que no, porque tenía que
hacer un viaje. Esto me sorprendió mucho, ya que él nunca salido de viaje, así
que le pregunté a donde iría y con quien, pero no me dijo ni una sola palabra.
Luego, me di cuenta de que era imposible que él viajase solo, por lo que me
quedé tranquila y no hice más preguntas. Días después, yo había llamado a Ana
para ver como andaba Lucio, y me dijo que, en el último tiempo, no comía ni
dormía. Lo único que hacía era mirar ese cuadro. Al enterarme de esto, le saqué
un turno con el médico, pero él se negó a ir, porque, según decía, estaba bien.
Ya no tenía una vida y estaba triste. Todos sus amigos de la infancia se habían
alejado de él y estaba muy solo, y la solución que encontró fue comenzar desde
cero en el cuadro que tanto amaba. Yo creo que él creía que no pertenecía a
este mundo. No sé cómo o cuándo lo hizo o si todo esto tiene una explicación
lógica.
Llamé
a Ana para que viera con sus propios ojos lo que estaba pasando. Se quedó tan
sorprendida cómo yo. No sabíamos cómo manejar la situación y lo único que se
nos ocurrió fue llamar a mi familia para contarles sobre el cuadro. Al
principio, no nos creyeron. Pensaron que estábamos inventándolo, pero después
los traje hasta la habitación para que lo vean con sus propios ojos.
Al
día siguiente, decidimos llamar a la policía. No sabíamos si iba a servir de
mucho, pero, tal vez, nos ayudarían con algo. Eran casi la una de la tarde
cuando sonó el timbre. Atendí y me encontré con dos patrulleros de la policía
estacionados frente a la casa. En uno de ellos, había dos hombres muy altos
vestidos con su uniforme y, en el otro, una mujer, también muy alta. Se bajaron
de los vehículos y entraron sin decir una sola palabra. Inspeccionaron la casa
y, al ver que todas las pertenencias del desparecido estaban allí, me dijeron
que lo más probable era que se tratara de un secuestro. Enseguida les conté
todos los detalles de cómo había estado Lucio últimamente y del extraño suceso
con el cuadro. Al principio, observaban con asombro. Luego, se miraron entre
ellos confundidos y, por último, me miraron como si yo estuviera loca.
—Señorita,
discúlpeme, pero lo que está contando no tiene sentido alguno—dijo el más alto
de los policías.
—¡Pero
les juro que es verdad! Si me permiten, déjenme mostrarle el cuadro.
—Lo
sentimos mucho, pero es imposible que una persona viaje a un cuadro. Tenemos
cosas más importantes que hacer.
Pegaron
media vuelta y salieron por la puerta. Estaba muy enojada y llena de ira, pero,
después de un rato, me di cuenta de que era imposible creer lo que le había
pasado a mi hermano. No tenían la culpa los policías. Después de todo, no es
fácil entender que una persona se “teletransportó” a un cuadro. Mis esperanzas
de averiguar qué le había pasado realmente a Lucio se estaban acabando.
Después
del mal momento que había pasado con los policías, nunca más volví a ser la
misma. Me di cuenta de que no podría encontrar a mi hermano. Pasaron los meses
y seguía sin encontrar una respuesta a esta extraña desaparición. Mis familiares
estaban devastados, ya que muchos de ellos habían invertido muchísimo dinero en
investigadores, pero era inútil. Nadie nos creía y simplemente abandonaban el
caso.
Luego
de perder a mi hermano, vendí mi casa de campo y me mudé nuevamente a la ciudad.
Ya no quería estar lejos de mi familia. Todos requeríamos contención y nos
necesitábamos mutuamente. Compré un departamento en el centro de la ciudad, a
dos cuadras de la casa de mis padres y a cuatro de la de mi hermano.
Sinceramente, mudarme fue muy difícil, ya que me encantaba mi vida viviendo en
la naturaleza: era muy tranquilo y nunca se escuchaban ruidos. En cambio, ahora
había sonidos de autos y de gente caminando a todas horas, pero fue un
sacrificio que quería hacer.
Una
noche, como de costumbre, no podía dormir, así que decidí desempacar algunas
cajas que me habían quedado de la mudanza. Iba por la última cuando, de
repente, encontré una foto de Lucio y de mí. Me acordé de que la había sacado
mi abuela unas horas antes del accidente que dejó a mi hermano en silla de
ruedas. Mientras sacaba las otras fotos de la caja, se me venían a la mente un
montón de recuerdos y sentía que mi hermano estaba ahí conmigo. Quería traerlo
de vuelta, pero era imposible y sentí una sensación de vacío que era horrible.
De
repente, se me vino una idea a la cabeza. Me puse la campera, agarré las llaves
y salí. Abrí la puerta del auto y lo puse en marcha. Llegué a la casa de mi
abuela y fui a su cuarto. Prendí la luz, agarré el cuadro y regresé. Entré a mi
casa feliz y dejé el cuadro arriba de la mesa. Al día siguiente, fui a la
ferretería y compré clavos para colgarlo y, a la tarde, llamé a un amigo para
que me ayudase, ya que soy muy mala con esas cosas. Cuando lo estaba
acomodando, sentí que ese vacío que yo tenía dentro se había llenado y, de
tanta emoción, rompí en llanto.
Desde
ese día siento que Lucio está conmigo. Es hermoso despertarme por la mañana y
poder quedarme unos minutos admirando el cuadro, pensando que, tal vez, Lucio
me esté mirando desde la ventana de su cuarto.
Por Lola Bonzini
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