Permítanme contarles la razón por la cual comencé a pintar un
cuadro repleto de colores y alegría, y también cómo y de quién surgió mi
inspiración, ya que nunca antes me había dedicado a la pintura. Me llamo
Nora y todo comenzó hace treinta años. Tuve un hermano llamado Lucio, el cual
era un niño alegre y divertido, y cuyos sus juegos eran absurdos e intrépidos. Solía correr
por las cornisas, deslizarse por las canaletas, treparse las palmeras, subirse a los
pinos y, cuando
se hamacaba en el columpio, lo hacía con tanta fuerza que le daba
vueltas. Ni mis primos ni yo queríamos jugar a los juegos absurdos que
inventaba, aunque
admito que tenía una gran imaginación.
Pero Lucio, un día, a la edad de trece años,
sufrió un accidente que, hasta el día de hoy no, supe
bien cómo ocurrió o qué lo asustó e hizo resbalar, porque
nunca me contó. Subió a una palmera con sus lápices de colores para pintar y
cayó al suelo. Mi papá y yo lo encontramos desmayado. Ese
accidente le cambió la vida, ya que se quebró las piernas y tuvo que usar
muletas por el resto de su vida. Su cuerpo, al desarrollarse, no lo hizo como cualquier
niño. Ya no podía correr o caminar sin que le dolieran las piernas. Lucio, además, se
avergonzaba de su apariencia, por lo que, a los quince años, dejó de ir al colegio.
Aún antes del accidente,
Lucio también tenía momentos que pasaba en soledad con
nuestra gata, Coca. Subía al altillo y se pasaba toda la siesta
contándole cuentos mientras la acariciaba. Otras tardes, dibujaba
animales y árboles desproporcionados y negros que eran los favoritos de nuestra
abuela. Y, luego del accidente, comenzó a escribir una novela autobiográfica
que nunca terminó, al igual que otros ensayos, y también dejó de pintar.
Sin embargo, recuerdo
que un día fui con dos amigos y discutimos hasta la madrugada sobre una pintura
de Lucas Cranach que le regalé. Luego de esa visita, nuestra
abuela descubrió que Lucio comenzó a pintar nuevamente. Él tenía imaginación
y era un verdadero artista. Ganó un concurso y comenzó a trabajar para una agencia
de publicidad. Las pinturas que hacía para el trabajo eran brillantes, con luz
y colores. En cambio, los que pintaba para él, eran con colores sombríos,
negros, rojizos y verdes.
Comenzó a vivir con mi
abuela en su casa en Belgrano. Pero luego de
muerte de ella, parecía que mi hermano no se encontraba solo, algo había en esa
habitación, alguna
presencia, difícil de explicar.. El día que cumplió veintiocho años, fuimos
a visitarlo con unos amigos. Uno de ellos le regaló un llamador de hierro
antiguo. Ese día, Lució me habló de una pintura de una casa
vieja y estrecha, con ventanas enrejadas en la planta baja y en el piso alto, y
todo—contorno,
paredes, rejas y puertas—iluminado y oscurecido por luces misteriosas quebradas
en la lisura de la tela. Luego, realizó esa pintura, tal como me lo
había relatado en el día de su cumpleaños. Pero era una pintura que nunca
terminaba, y los rostros que se reflejaban en ella cambiaban de lugar. En los
primeros tiempos había vagos rostros oscuros, algo imprecisos que asomaban su
tristeza infinita detrás de una puerta entreabierta; después fueron
disminuyendo o se los veía asomándose en las ventanas y,
finalmente, desaparecieron.
El día que nuestra
querida abuela murió, Lucio estuvo callado y parecía ausente mirando las estrellas. Después de
aquel día terminó, el cuadro. La casa alta, estrecha, hermética,
el portón cerrado, y detrás de una ventana entreabierta en el piso alto, una
mano casi transparente, delicadísima, como si fuera de mujer, se insinuaba en
el postigo. Creo que dibujó la mano de nuestra abuela. Ana, la
mujer que lo cuidaba, un día me contó que fue al cuarto a llevarle su almuerzo
y oyó voces vagas, parecía que Lucio hablara con alguien; cuando Ana golpeó a
la puerta, las voces cesaron, y Lucio se encontraba como hipnotizado frente al
cuadro.
Luego de la muerte de
nuestra abuela mi hermano adelgazó muchísimo, y sus manos se volvieron muy
pálidas. Intenté convencerlo de vivir en el campo, ya que su
estado de salud me preocupaba. No solamente no pintaba, sino que no comía,
parecía no vivir, e inmóvil frente al cuadro, sin embargo, él se negó y me dijo
que se estaba preparando para un viaje importante.
El llamador de hierro
fue clave para que Lucio nos dejara para siempre, ya que abrió un portal para
que él lo traspasara. Ese era el viaje importante. Solo faltaba que la puerta
cerrada de la pintura se abriera cuando Lucio pidiera entrar con el llamador. Y entiendo
también la razón por la cual dejó de pintar, porque su vida acá, en el
mundo que nosotros conocemos, no tenía más sentido para él y solo quedaba esperar.
Un día gris y lluvioso, Ana me llamó y me dijo
que pasaba algo muy raro. Esa llamada me dejó muy preocupada y fui
inmediatamente, ya que me encontraba en mi casa. Al llegar
puede comprobar que Lucio no estaba. La cama
estaba deshecha, el cuadro sobre el caballete, las muletas y la manta. Pero
sentí un aire extraño e irreal. Me acerqué al cuadro y observé algo nuevo en
él: la ventana del primer piso había sido cerrada y ya no se veía la mano
delicadísima que la abría. Algo más había variado: la puerta, la hermética
puerta cerrada, estaba entreabierta. En ese instante comprendí
que mi hermano se encontraba en ese ese lugar donde todos iremos algún día.
Algunos lo llamamos Cielo, otros Más allá o Eternidad.
Él está muy feliz, pues no necesita
ya de un cuerpo, con piernas fuertes para correr, jugar, como no pudo hacerlo
acá en este mundo. Su corazón triste volvió a sentir en colores alegres, y
brillantes, como
cuando era un niño sin las heridas en sus piernas que lo condenaron a una vida
de dolor.
A esa pintura
de colores tristes, si bien Ana y otras personas creen que
desapareció, yo me la
llevé antes de que se vendiera
la casa, porque,
aunque era gris, tenebrosa y triste, a mi
hermano le mostró y ofreció un mundo ideal lleno de colores, perfecto, sin
sufrimiento y sin defectos. Desde ese día, entonces, comencé a pintar; nunca antes lo había hecho y la he reformado íntegramente. Pinto el
mundo ideal de Lucio. La vieja pintura hecha por mi hermano le mostró
la vida de tristeza y soledad que tuve acá, pero la nueva, ahora hecha por mí, muestra el mundo ideal en
el cual vive Lucio. A través de la pintura, mi hermano me anima, me inspira y me
muestra un mundo repleto de colores, alegría y felicidad.
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