miércoles, 5 de agosto de 2020

Un nuevo mundo de colores

Permítanme contarles la razón por la cual comencé a pintar un cuadro repleto de colores y alegría, y también cómo y de quién surgió mi inspiración, ya que nunca antes me había dedicado a la pintura. Me llamo Nora y todo comenzó hace treinta años. Tuve un hermano llamado Lucio, el cual era un niño alegre y divertido, y cuyos sus juegos eran absurdos e intrépidos. Solía correr por las cornisas, deslizarse por las canaletas, treparse las palmeras, subirse a los pinos y, cuando se hamacaba en el columpio, lo hacía con tanta fuerza que le daba vueltas. Ni mis primos ni yo queríamos jugar a los juegos absurdos que inventaba, aunque admito que tenía una gran imaginación.  

Pero Lucio, un día, a la edad de trece años, sufrió un accidente que, hasta el día de hoy no, supe bien cómo ocurrió o qué lo asustó e hizo resbalar, porque nunca me contó. Subió a una palmera con sus lápices de colores para pintar y cayó al suelo. Mi papá y yo lo encontramos desmayado. Ese accidente le cambió la vida, ya que se quebró las piernas y tuvo que usar muletas por el resto de su vida. Su cuerpo, al desarrollarse, no lo hizo como cualquier niño. Ya no podía correr o caminar sin que le dolieran las piernas. Lucio, además, se avergonzaba de su apariencia, por lo que, a los quince años, dejó de ir al colegio.  

Aún antes del accidente, Lucio también tenía momentos que pasaba en soledad con nuestra gata, Coca. Subía al altillo y se pasaba toda la siesta contándole cuentos mientras la acariciaba. Otras tardes, dibujaba animales y árboles desproporcionados y negros que eran los favoritos de nuestra abuela. Y, luego del accidente, comenzó a escribir una novela autobiográfica que nunca terminó, al igual que otros ensayos, y también dejó de pintar.  

Sin embargo, recuerdo que un día fui con dos amigos y discutimos hasta la madrugada sobre una pintura de Lucas Cranach que le regalé. Luego de esa visita, nuestra abuela descubrió que Lucio comenzó a pintar nuevamente. Él tenía imaginación y era un verdadero artista. Ganó un concurso y comenzó a trabajar para una agencia de publicidad. Las pinturas que hacía para el trabajo eran brillantes, con luz y colores. En cambio, los que pintaba para él, eran con colores sombríos, negros, rojizos y verdes.  

Comenzó a vivir con mi abuela en su casa en Belgrano. Pero luego de muerte de ella, parecía que mi hermano no se encontraba solo, algo había en esa habitación, alguna presencia, difícil de explicar.. El día que cumplió veintiocho años, fuimos a visitarlo con unos amigos. Uno de ellos le regaló un llamador de hierro antiguo. Ese día, Lució me habló de una pintura de una casa vieja y estrecha, con ventanas enrejadas en la planta baja y en el piso alto, y todocontorno, paredes, rejas y puertas—iluminado y oscurecido por luces misteriosas quebradas en la lisura de la tela. Luego, realizó esa pintura, tal como me lo había relatado en el día de su cumpleaños. Pero era una pintura que nunca terminaba, y los rostros que se reflejaban en ella cambiaban de lugar. En los primeros tiempos había vagos rostros oscuros, algo imprecisos que asomaban su tristeza infinita detrás de una puerta entreabierta; después fueron disminuyendo o se los veía asomándose en las ventanas y, finalmente, desaparecieron.  

El día que nuestra querida abuela murió, Lucio estuvo callado y parecía ausente mirando las estrellas. Después de aquel día terminó, el cuadro. La casa alta, estrecha, hermética, el portón cerrado, y detrás de una ventana entreabierta en el piso alto, una mano casi transparente, delicadísima, como si fuera de mujer, se insinuaba en el postigo. Creo que dibujó la mano de nuestra abuela. Ana, la mujer que lo cuidaba, un día me contó que fue al cuarto a llevarle su almuerzo y oyó voces vagas, parecía que Lucio hablara con alguien; cuando Ana golpeó a la puerta, las voces cesaron, y Lucio se encontraba como hipnotizado frente al cuadro.  

Luego de la muerte de nuestra abuela mi hermano adelgazó muchísimo, y sus manos se volvieron muy pálidas. Intenté convencerlo de vivir en el campo, ya que su estado de salud me preocupaba. No solamente no pintaba, sino que no comía, parecía no vivir, e inmóvil frente al cuadro, sin embargo, él se negó y me dijo que se estaba preparando para un viaje importante.  

El llamador de hierro fue clave para que Lucio nos dejara para siempre, ya que abrió un portal para que él lo traspasara. Ese era el viaje importante. Solo faltaba que la puerta cerrada de la pintura se abriera cuando Lucio pidiera entrar con el llamador. Y entiendo también la razón por la cual dejó de pintar, porque su vida acá, en el mundo que nosotros conocemos, no tenía más sentido para él y solo quedaba esperar. 

Un día gris y lluvioso, Ana me llamó y me dijo que pasaba algo muy raro. Esa llamada me dejó muy preocupada y fui inmediatamente, ya que me encontraba en mi casa. Al llegar puede comprobar que  Lucio no estaba. La cama estaba deshecha, el cuadro sobre el caballete, las muletas y la manta. Pero sentí un aire extraño e irreal. Me acerqué al cuadro y observé algo nuevo en él: la ventana del primer piso había sido cerrada y ya no se veía la mano delicadísima que la abría. Algo más había variado: la puerta, la hermética puerta cerrada, estaba entreabierta. En ese instante comprendí que mi hermano se encontraba en ese ese lugar donde todos iremos algún día. Algunos lo llamamos Cielo, otros Más allá o Eternidad.  

Él está muy feliz, pues no necesita ya de un cuerpo, con piernas fuertes para correr, jugar, como no pudo hacerlo acá en este mundo. Su corazón triste volvió a sentir en colores alegres, y brillantes, como cuando era un niño sin las heridas en sus piernas que lo condenaron a una vida de dolor.  

A esa pintura de colores tristes, si bien Ana y otras personas creen que desapareció, yo me la llevé antes de que se vendiera la casa, porque, aunque era gris, tenebrosa y triste, a mi hermano le mostró y ofreció un mundo ideal lleno de colores, perfecto, sin sufrimiento y sin defectos. Desde ese día, entonces, comencé a pintarnunca antes lo había hecho y la he reformado íntegramente. Pinto el mundo ideal de Lucio. La vieja pintura hecha por mi hermano le mostró la vida de tristeza y soledad que tuve acá, pero la nueva, ahora hecha por mí, muestra el mundo ideal en el cual vive Lucio. A través de la pintura, mi hermano me anima, me inspira y me muestra un mundo repleto de colores, alegría y felicidad.  

 

Por Dante Barrionuevo 


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