jueves, 16 de julio de 2020

El viaje misterioso

Ana se levantó temprano, como todos los días. Era una mañana calurosa de abril. Después de regar las plantas, tomó su carrito y salió a hacer los mandados. Le encantaba caminar por las calles Belgrano; su barrio tenía hermosas veredas arboladas y casas muy pintorescas. Apenas había caminado unos metros cuando vio algo que le llamó la atención en la casa de su vecina, Doña Pilar. Había muchos automóviles estacionados y gente amontonada con expresión de tristeza. Cruzó la calle para ver qué pasaba y enseguida vio a Nora, la nieta de doña Pilar, llorando desconsolada. Fue ahí que se enteró de que su vecina había fallecido. Sintió mucha pena por ella, pero más aún por el nieto, Lucio. No imaginó cómo sería la vida de ese chico sin su abuela. Él vivía con ella desde aquel horrible accidente que lo había dejado medio inválido y, si bien habían pasado varios años, nunca se lo veía salir. Era todo un misterio. Solo su hermana y, en algunas ocasiones, amigos, visitaban la casa.

En los días siguientes a la muerte de Doña Pilar, el barrio parecía estar diferente, callado, sin mucho movimiento, como si todos en sus casas estuvieran haciendo un duelo, tanto por Doña Pilar como por Lucio.

El otoño había llegado. Ana se encontraba rastrillando las hojas secas del jardín cuando escuchó que el timbre sonaba en su casa. Se dirigió hacia la puerta y miró por la ventana. era Nora, la nieta de doña Pilar. Hacía mucho tiempo que no la visitaba. Cuando era más joven, solía acompañar a su abuela hacer los mandados y algunas veces pasaban por su casa a buscar flores de su jardin. Amablemente la invitó a pasar y charlaron unos cuantos minutos. La visita de Nora tenía como objetivo ofrecerle Ana un trabajo en la casa de su abuela, el cual consistía en ocuparse de las tareas domésticas y, sobre todo, de Lucio. Ana era una mujer que había quedado viuda hacía un par de años. Vivía sola y la idea de tener un trabajo, es decir, algo en que ocuparse, y hacerle compañía a Lucio, le parecido interesante. Después de pensarlo unos días, decidió aceptarlo.

El primer día en la casa con Lucio fue relativamente tranquilo. Ana se ocupó de limpiar, cocinar y, de a poco, revivir el jardín que había quedado abandonado después de la muerte de la abuela. Lo que más le costó de su nuevo trabajo era acostumbrarse a dormir en esa vieja casona, ya que era una condición obligatoria que Lucio no estuviera solo de noche. Fue así que dejo su casa y se mudó definitivamente a vivir ahí.

Por otro lado, le parecía triste la vida que llevaba Lucio. Siempre estaba encerrado en su habitación y, por lo que podía ver, el chico se la pasaba pintando cuando le llevaba la comida. No hablaba con nadie. Era un ser solitario. En especial, le llamaba mucho la atención el cuadro de una casa vieja con rejas que el hombre pintaba constantemente y, a veces, le parecía que hablaba con gente de esa casa. Ana creía que el chico estaba enloqueciendo de tristeza, pero no le parecía adecuado decírselo a Nora para no preocuparla. Algunas veces, lo escuchaba llorar por las noches, otras gritar y, a veces, caminar por el jardín, hablando con alguien. 

Una tarde cuando Ana limpiaba la habitación de Lucio, el chico le dijo que tenía que contarle un secreto, pero que nunca nadie debía saberlo. Ana se sorprendió porque Lucio era muy reservado con sus cosas, pero accedió a ser su confidente. Fue así que le conto que estaba preparando un viaje, que pronto se iría, pero que no podía decirle a donde, solo quería que ella lo supiera y si algún día desaparecía, que sepa que sería un viaje a un lugar feliz.

Una noche Ana escuchó ruidos raros, voces, risas que provenían del jardín Se levantó y miro por la ventana y no pudo creer lo que estaba viendo. Lucio caminaba sin muletas, abrazado a una señora mayor. Estaba riendo y se lo veía feliz. No era un sueño, no era su imaginación ¡Eran Lucio y la abuela! Del susto que tenía, no se animó a bajar, se volvió a su cama y, desde esa noche, todo cambio.

A la mañana siguiente, cuando Ana entró en la habitación de Lucio para llevarle el almuerzo, vio que seguía pintando el cuadro de la casa vieja y que, de una de las ventanas, aparecía una mano que parecía invitar al observador a entrar en la casa. También vio que las ventanas estaban abiertas y había flores en todas ellas. Era como otro cuadro, distinto al de siempre, y se podía percibir una especie de alegría, esperanza, felicidad. Ana se sintió feliz por Lucio y empezó a comprender cuál era el destino del viaje que Lucio estaba preparando.

Los días que siguieron fueron silenciosos en la casa. Lucio solo pintaba y, a veces, ni comía. Ana no volvió a escuchar más ruidos en la noche ni tampoco volvió a ver a Lucio caminar por el jardín. Ella pensó que aquel extraño hecho quedaría en el recuerdo, pero una mañana, cuando fue a la habitación de Lucio a llevarle el desayuno, él no estaba. Su cama estaba vacía, sus muletas y su colcha en el mismismo lugar. Miró el cuadro y vio que la mano ya no estaba en el dibujo y la puerta de la casa estaba cerrada. Ana ya sabía dónde estaba Lucio, pero era solo su conjetura, algo que nadie jamás creería—especialmente Nora—, pero no le importo. Sabía que Lucio, donde fuera que estuviese, estaría feliz junto a su abuela. De inmediato, llamó a Nora, fingiendo asombro y desolación.

 

Por Mateo Quintana


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