Ana se levantó temprano, como todos los días. Era una mañana calurosa de
abril. Después de regar las plantas, tomó su carrito y salió a hacer los
mandados. Le encantaba caminar por las calles Belgrano; su barrio tenía
hermosas veredas arboladas y casas muy pintorescas. Apenas había caminado unos
metros cuando vio algo que le llamó la atención en la casa de su vecina, Doña
Pilar. Había muchos automóviles estacionados y gente amontonada con expresión
de tristeza. Cruzó la calle para ver qué pasaba y enseguida vio a Nora, la nieta
de doña Pilar, llorando desconsolada. Fue ahí que se enteró de que su vecina
había fallecido. Sintió mucha pena por ella, pero más aún por el nieto, Lucio.
No imaginó cómo sería la vida de ese chico sin su abuela. Él vivía con ella
desde aquel horrible accidente que lo había dejado medio inválido y, si bien
habían pasado varios años, nunca se lo veía salir. Era todo un misterio. Solo
su hermana y, en algunas ocasiones, amigos, visitaban la casa.
En los días siguientes a la muerte de Doña Pilar, el barrio parecía
estar diferente, callado, sin mucho movimiento, como si todos en sus casas
estuvieran haciendo un duelo, tanto por Doña Pilar como por Lucio.
El otoño había llegado. Ana se encontraba rastrillando las hojas secas
del jardín cuando escuchó que el timbre sonaba en su casa. Se dirigió hacia la
puerta y miró por la ventana. era Nora, la nieta de doña Pilar. Hacía mucho
tiempo que no la visitaba. Cuando era más joven, solía acompañar a su abuela
hacer los mandados y algunas veces pasaban por su casa a buscar flores de su
jardin. Amablemente la invitó a pasar y charlaron unos cuantos minutos. La
visita de Nora tenía como objetivo ofrecerle Ana un trabajo en la casa de su
abuela, el cual consistía en ocuparse de las tareas domésticas y, sobre todo,
de Lucio. Ana era una mujer que había quedado viuda hacía un par de años. Vivía
sola y la idea de tener un trabajo, es decir, algo en que ocuparse, y hacerle
compañía a Lucio, le parecido interesante. Después de pensarlo unos días,
decidió aceptarlo.
El primer día en la casa con Lucio fue relativamente tranquilo. Ana se
ocupó de limpiar, cocinar y, de a poco, revivir el jardín que había quedado
abandonado después de la muerte de la abuela. Lo que más le costó de su nuevo
trabajo era acostumbrarse a dormir en esa vieja casona, ya que era una
condición obligatoria que Lucio no estuviera solo de noche. Fue así que dejo su
casa y se mudó definitivamente a vivir ahí.
Por otro lado, le parecía triste la vida que llevaba Lucio. Siempre
estaba encerrado en su habitación y, por lo que podía ver, el chico se la
pasaba pintando cuando le llevaba la comida. No hablaba con nadie. Era un ser
solitario. En especial, le llamaba mucho la atención el cuadro de una casa
vieja con rejas que el hombre pintaba constantemente y, a veces, le parecía que
hablaba con gente de esa casa. Ana creía que el chico estaba enloqueciendo de
tristeza, pero no le parecía adecuado decírselo a Nora para no preocuparla.
Algunas veces, lo escuchaba llorar por las noches, otras gritar y, a veces, caminar
por el jardín, hablando con alguien.
Una tarde cuando Ana limpiaba la habitación de Lucio, el chico le dijo
que tenía que contarle un secreto, pero que nunca nadie debía saberlo. Ana se
sorprendió porque Lucio era muy reservado con sus cosas, pero accedió a ser su
confidente. Fue así que le conto que estaba preparando un viaje, que pronto se
iría, pero que no podía decirle a donde, solo quería que ella lo supiera y si
algún día desaparecía, que sepa que sería un viaje a un lugar feliz.
Una noche Ana escuchó ruidos raros, voces, risas que provenían del
jardín Se levantó y miro por la ventana y no pudo creer lo que estaba viendo.
Lucio caminaba sin muletas, abrazado a una señora mayor. Estaba riendo y se lo
veía feliz. No era un sueño, no era su imaginación ¡Eran Lucio y la abuela! Del
susto que tenía, no se animó a bajar, se volvió a su cama y, desde esa noche,
todo cambio.
A la mañana siguiente, cuando Ana entró en la habitación de Lucio para
llevarle el almuerzo, vio que seguía pintando el cuadro de la casa vieja y que,
de una de las ventanas, aparecía una mano que parecía invitar al observador a
entrar en la casa. También vio que las ventanas estaban abiertas y había flores
en todas ellas. Era como otro cuadro, distinto al de siempre, y se podía percibir
una especie de alegría, esperanza, felicidad. Ana se sintió feliz por Lucio y
empezó a comprender cuál era el destino del viaje que Lucio estaba preparando.
Los días que siguieron fueron silenciosos en la casa. Lucio solo pintaba
y, a veces, ni comía. Ana no volvió a escuchar más ruidos en la noche ni
tampoco volvió a ver a Lucio caminar por el jardín. Ella pensó que aquel
extraño hecho quedaría en el recuerdo, pero una mañana, cuando fue a la
habitación de Lucio a llevarle el desayuno, él no estaba. Su cama estaba vacía,
sus muletas y su colcha en el mismismo lugar. Miró el cuadro y vio que la mano
ya no estaba en el dibujo y la puerta de la casa estaba cerrada. Ana ya sabía
dónde estaba Lucio, pero era solo su conjetura, algo que nadie jamás
creería—especialmente Nora—, pero no le importo. Sabía que Lucio, donde fuera
que estuviese, estaría feliz junto a su abuela. De inmediato, llamó a Nora,
fingiendo asombro y desolación.
Por
Mateo Quintana
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