lunes, 3 de agosto de 2020

Mi hermano y su vida pintada

Lucio era un chico al que le encantaba dibujar y hacer travesuras muy arriesgadas. Inventaba juegos que ni yo ni nuestra familia quería jugar, porque nos resultaban extraños, absurdos y hasta peligrososMi relación con mi hermano era rara. No teníamos los mismos pasatiempos y eso nos hacía menos unidos. 

Un día, mi hermano tuvo un grave accidente mientras jugaba: subió a una palmera, la más grande del jardín, con un cuaderno y lápices para dibujar las cosas desde arriba, hasta que se resbalo y cayó al piso, desmayado. Padeció un crecimiento irregular de sus piernas y tuvo que usar muletas. Esto lo llevó a convertirse en un chico melancólico, triste y solitario. Abandonó la escuela, se aisló de mí y de mi familia, yéndose a vivir a la casa de nuestra abuela, quien lo cuidaba con mucha dedicación. 

En una ocasión que visité a Lucio con dos amigos, uno de ellos le obsequió un llamador que aparentemente lo inspiró en algo, ya que al día siguiente la abuela me llamó y me dijo que Lucio volvió a pintar. Estaba muy contenta de que mi hermanito, quizás, volvía hacer el chico de antes, dibujante y travieso. Pero no fue así. 

Él comenzó a pintar un cuadro. Era una casa vieja de dos plantas, estrecha, hermética, con un portón cerrado y ventanas enrejadas, en una de las que se veía una mano frágil y delicada que se asomaba. Constantemente trabajaba en esa pintura.  Pero, mientras más dibujaba, más introvertido se volvía. Cuando murió nuestra abuela, todo empezó a empeorarÉl estaba día y noche mirando el cuadromodificándolo sin parar, y se alejó nuevamente de todos. 

No sabía qué hacer, si llevarlo a un psicólogo para que lo ayudase o encargarme yo misma de él, pero no podía, ya que tenía demasiados asuntos pendientes. Entonces decidí contratar a Ana, una chica que cuidaría a Lucio en reemplazo de nuestra fallecida abuela. 

Pasaron los días. Lucio seguía mirando e interviniendo el cuadro. Parecía como si la pintura estuviera atrapando su alma. No escuchaba, no hablaba, no sentía y, por lo que yo sé, no tomaba ninguna medicación. 

Semanas después, yo estaba limpiando el piso de mi casa cuando sonó mi celular. Era Ana y me dijo que Lucio no estaba en su habitación. Inmediatamente, fui directo a la casa. No encontré nada, ni una sola pista sobre el paradero de mi hermano. Lo único que vi fue el cuadro, pero había algo raro en él. Había cambiado. La ventana del primer piso se había cerrado y ya no se veía la mano que apenas la abría y, además, la puerta estaba entreabierta. Y yo, en ese momento, sentí su presencia en el interior de ese cuadro. Parecía que lo estuvo pintando para vivir ahí el resto de su vida. 

No quise llamar a la policía porque iban a creer que estaba loca si les decía que mi hermano estaba adentro de una pintura, así que decidí guardar silencio. Horas después, luego de mucho llanto y asombro, llamé a mi familia para darles la noticia. 

Ellos estaban desconcertados y no entendían por qué ni cómo había desaparecido Lucio. Les causaba extrañeza que un chico, a pesar de su accidente y de la pérdida de la abuela, no haya podido confiar en mí o en AnaA ellos les causó mucho dolor su desaparición. Ellos no creen mi teoría de que él está adentro del cuadro ni de que Lucio decidió crear su propio mundo. Creo que fue la única manera de sobrellevar tanto dolor y eso me consuela. Estaba muy adolorida y sigo así, pero continúo adelante sabiendo que mi hermano está adentro de un cuadro, viviendo la vida que se merecía en otra dimensión que él mismo creo. 

 

Por Lola Crivelli

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