Lucio era un chico al que
le encantaba dibujar y hacer travesuras muy arriesgadas. Inventaba
juegos que ni yo ni nuestra familia quería jugar, porque
nos resultaban extraños, absurdos y hasta peligrosos. Mi relación
con mi hermano era rara. No teníamos los mismos pasatiempos y eso nos hacía
menos unidos.
Un día, mi hermano tuvo un grave accidente mientras
jugaba: subió a una
palmera, la más grande del jardín, con un
cuaderno y lápices para dibujar las cosas desde arriba, hasta que
se resbalo y cayó al piso, desmayado. Padeció un
crecimiento irregular de sus piernas y tuvo que usar muletas. Esto lo llevó a
convertirse en un chico melancólico, triste y solitario. Abandonó la escuela,
se aisló de mí y de mi familia, yéndose a vivir a la casa de nuestra abuela, quien lo cuidaba
con mucha dedicación.
En una ocasión que visité a Lucio con dos amigos, uno de ellos le obsequió
un llamador que aparentemente lo inspiró en algo, ya que al día siguiente la abuela
me llamó y me dijo que Lucio volvió a pintar. Estaba muy contenta de que mi
hermanito, quizás, volvía hacer el chico de antes, dibujante y travieso. Pero no fue
así.
Él comenzó a
pintar un cuadro. Era una casa vieja de dos plantas, estrecha,
hermética, con un portón cerrado y ventanas enrejadas, en una de las que se veía una
mano frágil y delicada que se asomaba. Constantemente trabajaba en esa
pintura. Pero, mientras más dibujaba, más introvertido se
volvía. Cuando murió nuestra abuela, todo empezó a empeorar. Él estaba día y
noche mirando el cuadro, modificándolo sin parar, y se
alejó nuevamente de todos.
No sabía qué hacer, si llevarlo a un psicólogo para que lo ayudase o
encargarme yo misma de él, pero no podía, ya que tenía demasiados asuntos pendientes.
Entonces decidí contratar a Ana, una chica que cuidaría a Lucio en
reemplazo de nuestra fallecida abuela.
Pasaron los días. Lucio seguía mirando e interviniendo el cuadro. Parecía como
si la
pintura estuviera atrapando su alma. No escuchaba,
no hablaba, no sentía y, por lo que yo sé, no
tomaba ninguna medicación.
Semanas después, yo estaba limpiando el piso de mi casa cuando sonó mi
celular. Era Ana y me dijo que
Lucio no estaba en su habitación. Inmediatamente, fui directo a la casa. No encontré nada, ni una
sola pista sobre el paradero de mi hermano. Lo único que
vi fue el cuadro, pero había algo raro en él. Había cambiado. La ventana del primer piso se había cerrado
y ya no se veía la mano que apenas la abría y, además, la puerta estaba entreabierta. Y yo, en ese
momento, sentí su presencia en el interior de ese cuadro. Parecía que lo estuvo pintando para vivir ahí el resto
de su vida.
No quise llamar a la policía porque iban a creer que estaba loca si les decía que mi
hermano estaba adentro de una pintura, así que decidí guardar silencio. Horas
después, luego de mucho llanto y asombro, llamé a mi familia para
darles la noticia.
Ellos estaban desconcertados y no entendían por qué ni cómo había
desaparecido Lucio. Les causaba extrañeza que un chico, a
pesar de su accidente y de la pérdida de la abuela, no
haya podido confiar en mí o en Ana. A ellos les causó mucho dolor su desaparición. Ellos no
creen mi teoría de que él está adentro del cuadro ni de que Lucio
decidió crear su propio mundo. Creo que fue la única manera de sobrellevar
tanto dolor y eso me consuela. Estaba muy adolorida y sigo así, pero continúo adelante
sabiendo que mi hermano está adentro de un cuadro, viviendo
la vida que se merecía en otra dimensión que él mismo creo.
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