jueves, 6 de agosto de 2020

El reencuentro

Ya había pasado un mes de la desaparición de Lucio. El ambiente era raro, como lo fue las últimas veces que lo vi mientras miraba su cuadro. Ya no escuchaba sus travesuras, ni lo podía ver mientras jugaba. Todo era diferente. 

Un día, decidí marcharme, porque ya no tenía a quien cuidar ni nada que hacer. Había llegado el momento en que me tenía que despedir de Nora, algo que creí que no iba a suceder, pero sucedió. Me costó despedirme, pero lo tuve que hacer. A ambas se nos cayeron un par de lágrimas, pero logré subir al tren rápidamente antes de que me largase a llorar desconsoladamente, porque ya me había encariñado con Nora. Le prometí que iba a investigar más sobre lo que le ocurrió a Lucio, pero todavía no logro encontrar la información necesaria para descubrir lo que pasó.

El tren en el que estaba viajando me llevaba de regreso al pueblo en el que nací. Yo no tenía mucho dinero para mi propio transporte, así que era una costumbre viajar en tren. Allí se encontraba toda mi familia. Así que, desde esa perspectiva, estaba feliz porque volvería ver a personas muy importantes para mí. Mi pueblo quedaba a muchos kilómetros, unos setecientos aproximadamente. Durante el viaje iba observando una hermosa pintura, que se encontraba en uno de los laterales del tren, pero no viene al caso, porque había tenido unos cuantos problemas, uno de ellos fue que mi asiento rebotara y me dejara a un centímetro del techo o que el guarda haya creído que no compre el boleto y me haya despedido del tren x Si, y acá estoy caminando hasta mi pueblo, sin mi bolso ni alimento alguno que ingerir. Lo primero que se me pasó por la cabeza fue pedir alguien que me llevara hasta mi pueblo, pero recordé lo que mi abuela me decía cuando era pequeña: “No hables con desconocidos”. También empecé a observar el paisaje y ver si encontraba algún caballo para montar, pero solo había un lago lleno de patos. Ya que no encontré ninguna otra alternativa, tuve que caminar.

Ya llevaba una hora y media de caminata, tomé una piedra bastante grande para sentarme un rato y ver de qué forma hidratarme, y, cuando miré para un costado, vi mi salvación. Había una casa pequeña, muy parecida a la que Lucio había pintado en el cuadro, pero un poco más oscura, y, como vi que había una canilla y sombra, no dudé en acercarme a descansar. Como soy una persona muy curiosa, traté de ver hacia adentro para ver si alguien vivía allí, y llegué a la conclusión de que no. Entonces, me decidí a entrar. En la puerta, había colgado un cartel que decía “The dangerous house”, pero como el inglés es lo que menos me interesa en este mundo, no le preste atención. Toqué el picaporte y una corriente de viento me empujé hacia adentro.

La casa era tenebrosa. El piso estaba cubierto de suciedad y lleno de telarañas y se respiraba un olor repugnante. Por ese motivo, tomé una escoba que había dentro de la casa y era de textura áspera e inicié una limpieza profunda de la casa, además encontré dentro de una alacena un perfume de ambientes y lo eché, ya que estaba segura de instalarme en aquella casa. Cuando me incliné para limpiar un pequeño esquinero, sentí que muchas cosas se estaban cayendo, no sabía que cosas caían.

Pero pensé que era solo mi imaginación. Después, volví a sentir ese olor asqueroso que había cuando entré y, entonces, me pregunté cómo podía ser posible si había ventilado todos los ambientes y había echado un perfume de aroma exquisito. De repente, empecé a escuchar sonidos de pasos arriba del techo. Lo primero que se me paso por la cabeza fue que alguien se había subido a pisotearlo hasta que se cayera, pero después pensé que los patos querían entrar a la casa. Entonces, salí para ver lo que sucedía, pero no había nada. Esa casa endiablada ya me estaba dando miedo ya no tenía las mismas ganas que al principio de quedarme allí.

De repente, escuché una voz que me llamaba por mi nombre. No sabía de dónde provenía y traté de seguirla. Poco a poco, me fui alejando de esa casa endiablada y comencé a correr, persiguiendo esa voz que me hablaba, aunque unas cuantas veces me tropecé, de lo rápido que iba. Pero seguí corriendo. Corría por dos razones: para descubrir quién me hablaba y para distanciarme de la casa. Mis pies estaban destrozados de tanto correr y toda mi ropa estaba sucia y llena de tierra, por lo que decidí volver a la casa y bañarme. Dejé de escuchar súbitamente la voz que me llamaba y me quedé más tranquila, pensando que no había nada más de que preocuparse, nadie me estaba llamando. Simplemente debía pensar como volver a mi pueblo. Mientras levantaba la pollera que estaba embarrada, y me di cuenta que ya me estaba acercando a la casa. Tenía un poco de miedo por todo lo que me había ocurrido anteriormente, pero pensé en lo que siempre le decía a Lucio: “Estar limpio es muy importante, eso siempre debes acordarte”. Era una rima que utilizaba cuando Lucio no quería ducharse. Entonces, entré en la casa y me duché, porque la rima me sirvió, para darme cuenta que estar limpio es lo principal y me dio animo a entrar en la casa.

Luego, salí a observar el paisaje, ya que no había tenido tiempo de hacerlo. Tomé una hermosa silla de madera idéntica a una que había en la casa de Lucio donde trabajaba. Todo estaba muy tranquilo, hasta que la voz me volvió a hablar, aunque esta vez me dijo otra cosa: “Estás dentro de él”. No entendí esa frase ni tampoco me interesaba. Por el contario me propuse buscar alguna forma de volver a mi pueblo, lo cual era lo único que me importaba. Quería ver a mi familia y a mis amigos de la infancia, pero como no encontraba ninguna manera, me descargué llorando, pero nuevamente la voz interrumpe me decía “No llores Ana, estamos juntos, si es que eso te alegra”. Yo estaba cansada de que esa voz dijese cosas absurdas y, entonces, volví a entrar en la casa para ver si dejaba de escuchar esa voz insoportable.

Entonces, lo vi. Mis piernas temblaban, mi corazón estaba por salirse de mi pecho y, sin pensarlo corrí, y lo abracé. ¡Era Lucio! ¡No lo podía creer! Me senté y empezamos a hablar. Estaba completamente emocionada, porque lo había encontrado. Lucio, entonces, me explico todo. Me dijo que él había entrado en esta casa junto con la silla que me resultaba tan conocida, pero yo seguía sin entender qué estaba haciendo ahí y él me lo explicó. Me dijo que yo, al haber estado muchas horas mirando el cuadro del tren, me había transportado a su interior y que la voz que oía era la suya. Con sus frases me quería dar pistas, pero, como le guastaba jugar y hacer travesuras, me lo quería explicar de esa manera. Le pedí que volviéramos a su casa, ya que todos estaban muy preocupados desde hacía meses. Pero Lucio se negó. No me esperaba esa respuesta. Me dijo que dentro del cuadro podía correr y hacer ejercicios corporales. Además, me dijo que tenía mucho miedo de volver y que todo volviera a la normalidad. Sin embargo, lo convencí de que tenía que perder todo ese temor y regresar con su familia.

Ya era el momento de despedirnos de la hermosa pintura y volver con Nora. Primero, me puse a pensar si en verdad quería volver con Lucio y Nora o volver con mi familia, pero sentí que Lucio me necesitaba y, además, estaba perdida y no sabía cómo llegar a mi propia casa. Entonces, me decidí a irme con él. Pero la gran pregunta era cómo volver. Ambos nos pusimos a pensar. Lucio tomo una rama y, sobre la tierra, comenzó a crear planos, para ver si encontraba alguna forma, mientras que yo recogí unas maderas que se encontraban detrás de la casa y traté de armar un bote para cruzar por el lago, pero fue imposible. Yo estaba muy cansada y estaba por decirle a Lucio que no íbamos a poder volver cuando, de repente, desapareció. Me metí en la casa para ver si estaba y, efectivamente, estaba allí, sentado en la misma silla en la que había pintado su cuadro, arrastrando el pincel con pintura de color naranja, pero, esta vez, no tenía ningún cuadro. Estaba pintando sobre la pared su propia la casa, a la misma que queríamos volver. Fijamente y muy quietos nos paramos delante de la pintura. Cerramos los ojos y volvimos a su casa. Nora regresaba de hacer las compras y al ver a Lucio, le dio un abrazo fuerte que los unió más que nunca.

 

Por Candela Teuly


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