Siete de agosto: día crucial en mi
vida. Tenía que rendir un examen decisivo en mi incipiente carrera de Derecho. Como
siempre, me encontraba nervioso, me transpiraban las manos, dudaba hasta de mi
propia existencia, me encomendaba a todos los santos y le pedí a mi abuela, una
vez más, que rezará por mí, para lograr salir triunfante en ese
examen oral. Largas horas de desvelo, entre mates y chicles, que me
ayudaron a no dormir. Mis padres me motivaban, diciéndome que mi
nombre, Alberto, fue puesto por Albert Einstein y que, por eso, nada
podía salir mal. Ellos aún pensaban que yo, con veintitrés años, seguía
creyendo que el nombre podía darme un don especial. En fin, era un modo de
apoyarme y eso me reconfortaba.
Mis emociones siempre fueron muy
importantes, mis padres me ayudaron y apoyaron incondicionalmente. Mis
amigos (capítulo especial en mi vida) transitaron conmigo cada etapa.
Tengo tantos que no me alcanzan los dedos de las manos. Amigos de la infancia,
de la adolescencia y los recientes de la Facultad. En cada etapa, pude
forjar vínculos nuevos y lograr conservar los amigos de siempre, los
de la Infancia. Bueno, a decir verdad, no pude hacerlo con todos. Mi
gran amigo de esa etapa, Lucio, se fue perdiendo en su mundo interno. Se
fue alejando de todo y de todos, incluso de mí. Creo que su distanciamiento fue
la primer gran pérdida en mi vida. Intenté ayudarlo, comprenderlo, pero su
tristeza y su rareza generaban una barrera entre nosotros difícil
de romper. Sin embargo, no me resignaba a perderlo y, si bien él
buscaba la soledad, Lucio era parte de mi vida y, si no podía
tenerlo como antes, me propuse seguir estando a su lado de otra
manera. Su hermana, Nora, era esa opción. Con ella, forjamos una gran
amistad. A través de ella, tenía noticias de Lucio, de sus días en la
casa de su abuela, pintando esos cuadros fabulosos que sólo él podía
expresar.
Con Nora no sólo compartíamos (cada uno
desde diferentes lugares) un profundo amor por Lucio, sino que también
ambos estudiábamos la carrera de Derecho. Este día en particular, era
muy especial, ya que nos habíamos preparado mucho para rendir este
examen que necesitábamos aprobar, ya que era un estímulo para
continuar esta compleja y difícil carrera.
Agarré mi mochila, el celular y, en
bicicleta, me fui rápido a lo de Nora. Había quedado en buscarla a las nueve de
la mañana y estaba llegando tarde. Mi amiga ya sabía que no era yo el hombre más
puntual del mundo. Más que bicicleta, parecía un avión, porque pedaleé tan
fuerte que llegué volando a su casa. Teníamos que ir a la
Facultad a encontrarnos con el examen de nuestras vidas. Antes de eso,
obviamente nuestro obligado ritual de mates mientras repasábamos y ultimábamos detalles. Al
llegar, tiré la bicicleta sobre la entrada de su casa y noté algo extraño: la
puerta estaba abierta. Me asusté. Lo primero que pensé es que alguien
había entrado y no con buenas intenciones. Tengo que confesar que tenía miedo
de ingresar, pero no podía dejar a mi amiga sola y en peligro. Junté coraje
y entré. La mochila de Nora estaba sobre la mesa de la cocina. Aunque
se hubiera cansado de esperarme, era imposible que se fuera sin mí. De
repente, sonó el teléfono. La verdad es que pensé que
no debía atender, porque no está bien contestar una
llamada ajena. Pero, tras insistentes llamados posteriores, respondí y
lo que pasó luego me dejó sin palabras. Ana, la señora que
cuidaba a Lucio, preguntaba si Nora ya había salido para la casa de la
abuela, puesto que Lucio había desaparecido. Un nudo en la garganta me
dejó sin aliento. La angustia y desesperación se apoderaron de mí. Salí
corriendo, olvidé mi bicicleta y dejé abierta la puerta de la
casa de Nora. De más está decir que nuestro examen pasó a segundo plano.
En grado de importancia, lo sucedido con Lucio no podía compararse con
nada.
Veinte minutos era la distancia entre la casa de
Nora y la casa de la abuela de mis amigos. Lejos de exagerar, fueron
los minutos más largos de mi vida. Se me cruzó de todo por la cabeza. Pensé que, quizás, ladrones
habían ingresado y secuestrado a Lucio. También se me ocurrió que, a
lo mejor, él, que siempre fue amante de los juegos arriesgados, se
había caído de la ventana en un descuido. Pero nunca imaginé lo que en
realidad había pasado con él. Y claro, no está mal que
no se me haya ocurrido pensar en lo que pasó, porque lo sucedido escapa a toda
posibilidad de lógica y razón.
Llegué al lugar. La puerta estaba abierta. Entré corriendo
y fui directo a la habitación de Lucio. De espaldas, se encontraban Ana y
Nora, asombradas por lo que no se veía, porque allí no se veía
nada. Le pregunté a Nora que había sucedido y dónde estaba Lucio, pero ella
solo pudo mostrarme con un gesto lo que era evidente: Lucio se
había ido. Me señaló con su mano el cuadro favorito de su hermano que
estaba sobre el caballete y, sobre la tela, pude ver las muletas y las mantas
de Lucio. Debo confesar que el entorno era raro: todo estaba
como siempre, pero, al mismo tiempo, podía sentirse que algo había
pasado. Nora me confesó que su hermano le había contado de sus ganas
de hacer un viaje y de la fascinación que tenía por ese cuadro. Ella repetía
sin parar que Lucio se había ido, que había emprendido “su viaje”. Con la intención
de darle algo de cordura a la situación, le propuse llamar a la policía, porque teníamos que
saber dónde estaba Lucio, aunque parecía que Nora ya sabía la
respuesta, mientras que yo era el único que no entendía lo que
había sucedido allí.
La policía llegó, registró todo y
no encontró indicios del paradero de Lucio. A los pocos meses, el
caso fue cerrado, pero, para Nora y para mí, siempre será una herida
abierta. A partir de ese día, me di cuenta de que el examen
crucial de mi vida era este hecho extraño, mezcla de dolor y de pérdida, pero
también de mucha enseñanza y oportunidades. ¡Qué equivocado que
estaba al pensar que mi vida podía pasar por una carrera, por un examen, si lo
más importante siempre fueron y serán mis afectos!
La vida cambió para todos. Cada uno dio un
sentido distinto a la desaparición de Lucio. Nora finalizó la
carrera de Derecho y formó una familia. En lo que a mí respecta, la
pérdida de mi amigo me enseñó a escucharme más a mí mismo, a no
perder el tiempo, a concretar mi deseo, ese que siempre quise mantener en
silencio por temor a ser visto diferente. Escribir cuentos extraños y
asombrosos siempre fue mi verdadera pasión. ¡Y qué mejor que comenzar
a hacerlo ahora, que Lucio extrañamente había desaparecido! Así es como,
en cada cuento que escribo, lo pienso, lo busco, lo siento cerca
y le doy sentido personal a lo que en apariencia no lo tiene. De ese modo,
escribí y publiqué mi primera novela “El viaje de Lucio”, la cual tiene una dedicatoria
especial: “A mi gran amigo, GRACIAS”.
Por Ignacio Diez
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