Ya había pasado un año de la desaparición de
Lucio. La policía seguía buscando pistas y continuaba con el caso, pero, hasta
ahora, no había encontrado nada. Muy pronto iba a dejar la investigación, pero
no podía permitir que no lo encontrase. Ella quería decirle algo muy
importante a su hermano desde hacía varios meses, y quería que estuviera
presente cuando pasara. Antes de que él desapareciera, no pudo encontrar el
momento de decirle que estaba embarazada. Iba a ser tío.
A Nora le hubiera gustado ayudar, pero quería
centrarse en su embarazo, por ahora. Luego ayudaría con el caso de Lucio.
Meses después, tuvo su primera hija. La llamó
Lucy. Nora y su novio no querían que supiera lo de Lucio hasta no haber
resuelto el caso. Si no lo podían resolver, quería esperar a que fuese más
grande para que entendiese todo.
Fue a la casa de Lucio un lunes por la tarde.
Estaba algo lluvioso cuando lo vió. Observó el cuadro, el cual le trajo muchos
recuerdos, y se le escapó una lágrima. Sé que no eran tan cercanos con Lucio,
pero era su hermano.
Trató de hacer muchas cosas con la pintura.
Se puso en el lugar donde Lucio había desaparecido. Luego, llevó el cuadro al
patio para ver si se producía algún cambio. Después pensó en mirar fijamente la
pintura como solía hacer su hermano. Estuvo un buen rato mirándola, pero nada
pasó. Ya se hacía de noche y debía volver a su casa para estar con Lucy y su
novio.
A la mañana siguiente, regresó a la casa de
Lucio. Ese día estaba soleado. Intentó otra vez mirar la pintura y pensó en
mirarla desde donde Lucio observaba el cuadro, pero, entonces, se dio cuenta de
que la única que había estado con Lucio era Ana. Ella debía saber desde dónde
miraba Lucio. Después de un mes sin haberla visto, fue a su casa y le preguntó,
pero ella dijo que no sabía nada. La puerta del cuadro, que en un principio
había estado abierta, pero que luego se había cerrado, estaba ahora
misteriosamente abierta. Eso quería decir que algo no andaba del todo bien.
Al otro día se quedó en su casa para estar
con su familia y recién regresó al otro día, el jueves por la noche. Se cansó
de mirar la pintura, así que recurrió a mirar su alrededor y vio la manta que
Lucio llevaba antes de desaparecer. Entonces, pensó: “¡Es imposible! ¡La
policía reviso todo! Deben estar haciéndome una broma los vecinos”.
Volvió el sábado un rato para ver la casa y,
ahora, había un anillo. Lucio solía llevarlo puesto, y ella empezó a sospechar
algo. Luego, se dijo que no, que era imposible, pero entonces lo vio a Lucio
frente a ella. Pensó que estaba alucinando, pero no. ¡Era él! La miró y le dijo
que lo acompañara. Ella le preguntó a dónde, y él le dijo: “Al cuadro, a mi
nueva casa, a mi nueva vida”. Ella quería y, a la vez, no quería ir con él.
“Tengo una hija. Sos tío. Quedáte con nosotros”, le dijo, pero él respondió que
no, que tenía una vida hermosa con muchos amigos y una familia.
Intentó que se quedara, pero Lucio entró en
la pintura y, por poco, se la lleva. Por suerte, no lo logró, así que decidió
irse corriendo.
Al día siguiente, fue con su novio. La puerta
de la pintura seguía abierta. Ella se dijo que era imposible, que Lucio ya
estaba dentro de la pintura, que las puertas se tendrían que haber cerrado. Sin
embargo, había una nota que decía que ella tenía que ir con Lucio, que era su
destino. Intentaron escapar, pero no pudieron. Lucio se la llevó con él al
cuadro. Ahora sí las puertas se cerraron y nunca más volvieron a abrirse.
Él intentó agarrarla, pero no pudo ni supo
cómo sacarla de ahí. Desde ese día, la pintura está en mi sótano para
recordarla. A pesar de no ser de una forma bonita, la recordamos con mucho
amor.
Esa es la historia de mi mamá, por cierto. Mi
papá me la contó. Mi nombre es Lucy y ya tengo once años. Hoy es el aniversario
de su desaparición y, aunque no la pude conocer, la extraño mucho.
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